Un día de furia
La diatriba del contribuyente frente al Servicio de impuestos internos:
Por Hernán Salgado Herrera
¿Qué se me viene a la mente cuando pienso en parásitos? Me refiero a todos esos funcionarios públicos que tienen una actitud prepotente frente a quienes pagamos su remuneración. Excluyo enérgicamente a aquellos funcionarios que son empáticos, amables y resolutivos. Aclarado esto, prosigamos.
Cuando uno va al Servicio de Impuestos Internos, sabe que queda a merced de lo que el destino le haya deparado al funcionario que lo atenderá, ya que la buena atención siempre depende de cómo amaneció el funcionario “parásito”, que generalmente anda malhumorado.
Cualquier trámite, cualquier consulta, se transforma en una odisea frente a la desagradable actitud del funcionario, que siente la borrachera de un poco de poder, típico de individuos —e “individuas”, para no ofender a nadie— frustrados y frustrades. Dejemos la estupidez a un lado y vamos con lo serio.
Estos parásitos se encuentran tanto en la primera línea como en la segunda, aunque generalmente en la segunda, ya que sienten esa pequeña dosis extra de borrachera de poder que les permite apartarse de sus colegas de primera línea. Una soberbia sin sustancia, porque uno puede ver la derrota en sus rostros. Es ahí cuando la frase “los impuestos son un robo” cobra mucho sentido.
¿Por qué se le teme a un servicio lleno de parásitos? Porque son esos parásitos los que pueden hacer que nuestro ciclo empresarial se transforme en un infierno. Pero ese poder solo existe si nosotros lo permitimos. ¿Por qué no reclamamos? ¿Por qué no hacemos valer nuestros derechos como mandantes? Digo mandantes porque, literalmente, comen con la nuestra. En rigor, pagamos por su soberbia.
Es hora de que el temor cambie de bando. Reclama, reclama y reclama. Esa es la alternativa para una mejor atención.
Ahora que se acerca la Operación Renta, el terror de asistir a las oficinas del SII es un verdadero dolor de estómago.
SII: nido de parásitos, con criterios disímiles.